de Juan, de Manengumba. Un monte en el corazón de África.

Subiendo a Manengumba, paso junto a las chozas de una familia mbororo. La madre con las hijas mayores están en el río, lavando la ropa y las cacerolas; el padre con los hijos mayores están acompañando a las bestias, montaña arriba, allí donde la sequedad aún no llega, y en el hogar queda una niña de unos seis años tejiendo una canasta y dos críos jugando a pelearse rodando por la hierba.
Paso junto a ellos, en mi camino a la montaña, y me sonríen. Les doy un caramelo de coco rallado a cada uno y les digo que avisen a su padre que esta noche les visitaré.


En lo alto, Manengumba me recibe igualmente con una sonrisa. Me pregunta por mi viaje.
-¿Sabes, Manengumba? -le explico- Envidio a los niños mbororo. Ellos nacen dentro de su condición.
-¿Y los demás, no?
-No lo sé, no sé los demás. Pienso que ellos tienen la suerte de recibirlo todo de sus padres. Toda la sabiduría que necesitan en su vida la tienen al alcance. Tienen su hogar, tienen su trabajo, tienen ya su vida escrita. Sólo han de preocuparse de ser felices en ella. Los niños que hemos nacido en una ciudad, nacemos condenados a luchar contra nuestro destino para encontrar nuestro lugar en el mundo.
-¿Encontraste tu lugar, en tu viaje?
-En mi viaje, me he encontrado a mí mismo. Ya sé cómo soy.
-Juan, -bramó la montaña- tal vez no comprenda bien a los humanos, pero las montañas decimos que habéis sido creados desterrados. Habéis sido creados de la duda. Habéis sido creados por encima de los demás. No tenéis destino, porque vuestro destino os pertenece; carecéis de hogar, porque esto también, lo habréis de construir. No sois inquilinos de la creación, sino dueños y partícipes. Esta es vuestra condición, y habéis de hacerle frente, o dejar de ser.
-Sí, Manengumba, -sonrío- no tengo razón de envidiarles, tienes razón, voy a construir mi hogar. Ahora que ya sé quién soy, voy a luchar por seguir siendo.

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