Canicas y piratas

Nino era original. Cuando todos sus compañeros de colegio coleccionaban cromos, él coleccionaba tarrinas de yogurt. Cuando los demás coleccionaban chapas, él se quedaba con las botellas. Nino era original, eso decían sus amigos. También decían que era un poco aburrido eso de coleccionar botellas y tarrinas de yogurt si no tenía a nadie con quién cambiar las repetidas. El día que sus amigos empezaron a coleccionar canicas, Nino comenzó a coleccionar piratas. Su mejor amigo, Sergio, tenía la mejor colección de canicas de clase. De todos los colores, verde normal, verde claro, verde agua, verde oscuro, verde esmeralda. Y así. Brillantes, difusas, con puntitos, tricolores, de goma. Por cada canica nueva de la colección de Sergio, Nino añadía un pirata nuevo a la suya. Para cada pirata se inventaba un nombre y una cara. Hacía dibujos, y por detrás escribía una corta biografía del pirata narrando su “lúgubre pasado”. Tenía un montón de piratas, uno por cada canica de Sergio.


Una tarde, era viernes, Sergio jugaba una partida muy importante. Se jugaba tres de sus mejores canicas por una muy codiciada, la Dama Negra, la llamaban. Una canica enorme y negra como un pozo en verano. La más grande de todas. Era perfecta, sin rasguños, sin rotos. Como el ojo de un pirata. Sergio la ganó, y todos sus compañeros de un salto le rodearon para verla de cerca. Fue entonces cuando Nino añadió a su colección el Pirata Negro, el capitán: el más fiero de todos los piratas, un terror de los mares. “Poblada barba roja cubre su cara, enorme parche negro cubre su ojo derecho, semicubierto por la espesa ceja”. Con esas palabras describía Nino al Pirata Negro. Dedicó dos días extras al diseño del pirata, una tarde al dibujo final y tres días al color. Dedicó cinco noches en el rato antes de dormirse a imaginar el oscuro pasado del pirata negro. Soñó con él, navegó con él, comió con él, se escondió entre los barriles de la bodega para oír historias. Siempre lo veía con un sombrero negro de pirata, un frac desgastado, botas de cuero y pantalones anchos, llenos de parches. Con un loro de plumas verdes y rojas charlando en su hombro, que no se cansaba de decir “maldición, tierra a la vista, maldición”.

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