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Mi madre y yo recorremos un mercadillo cubierto, mirando los puestos. Es costumbre que, los niños y niñas visitantes, sean cargados (a caballito), por los demás. Así que tanto mi madre como yo cargamos una niña cada una, rubias, muy simpáticas. Son amigas entre ellas. No las conocemos más allá de eso, de hacer de caballo, en el mercadillo. Curiosamente ni pensan ni molestan. Cargar con ellas en tan natural como llevar un bolso. Les gustan los puestos de pendientes y carcasas protectoras para teléfonos. En uno de los puestos compro para mí unos pendientes de madera oscura que representan los moai de la Isla de Pascua. También compro un tocado para un lado de la cabeza, verde árbol, con forma de hoja. Me parece que algo de este tipo será fantástico para mi blog, otras hierbas, que debería llevarlo siempre puesto, cada día.

Una sensación de incredulidad

Horas atrás, en alguno de los días eternos, subimos a un autobús hacia un norte llamado Jyväskylä. Atravesamos los bosques y lagos como cortándolos. La carretera por la que nos arrastra el autobús, antes de nosotros, no existía. Se va pintando a medida que nos acercamos a Jyväskylä. Este verano no puede ser real, no puede ser que no se haga de noche, respirar esa sensación permanente de que el tiempo se ha detenido. Que siempre es día, que lo seguirá siendo. Y los mosquitos. Los mosquitos nos pican y nos sacan del sueño. Porque no puede existir un lugar así, donde el suelo sea de un césped tan blando que se hunde. Donde todo esto permanezca, durante meses, cubierto por capas de nieve, y hielo, y oscuridad.

El testigo principal

Cuando le conté a Berna que empezaba a confiar en mis textos, después de años de mirarlos con recelo y duda, recordó esta mirada oblicua, del 2004. No la encontramos en la web. Pero acabo de rescatarla de su libro, así que la trascribo. Que la primavera está aquí y las hierbas han estado, desde noviembre, invernando (como buenos osos que en el fondo son). Se titula “El león de Lisboa”, y va precedida por una cita que dice lo siguiente: “De los dos testigos, atente al principal”. La primera noche que pasamos en Lisboa, cuandos nos íbamos a dormir, oí el rugido de un león. Le dije: “He oído el rugido de un león”. …l contestó: “Es imposible”. Y como yo confiaba en él y en su sensatez, pensé que, bueno, me habría equivocado.Al día siguiente, en el desayuno, comentó entre risas a nuestros anfitriones: “¿Sabéis que Berna oyó anoche el rugido de un león?” Y ellos contestaron: “ÁClaro! ¡Estamos a un paso del zoológico!”Fragmento de La mirada oblicua

Los pájaros que habitan mis textos

A veces pasan tantos meses hasta que vuelvo a un cuento, que lo encuentro lleno de pájaros. Caminan sobre el papel y picotean las letras, lo han llenado todo de plumas. Y ahora en otoño la situación es incluso peor, vienen de pisar cualquier charco y dejan frases enteras perdidas de barro. En ocasiones se han comido tantas letras sueltas que el cuento ya no hay quién lo entienda. O, incluso, llevan tantas semanas sobre el papel que lo han llenado todo de cagadas, tan precisamente distribuidas que lo único que puede hacerse es arrugar bien el cuento y tirarlo a la basura. Pero no me enfado con los pájaros, al contrario, porque tienen buen instinto y los cuentos gracias a sus picotazos mejoran bastante. Me gusta llegar y comprobar qué han salvado, ay, esas imágenes que ni los pájaros se atreven a picotear (no vayan a caer muertos o a transformarse en otra cosa).

El camino a Chicago

En algún punto del camino a Chicago detuvimos el camión. Debió pincharse una rueda. O nos lo inventamos. Qué más da. Cualquier razón es buena para detener un camión que empieza a pillar demasiada velocidad, que carga a toda una familia. Y a pesar de que las carreteras que llevan a Chicago son lisas y llanas, y sin curvas durante kilómetros, imaginar el camión saliendo por la tangente, volcado, con sus kilogramos de canicas esparcidas por la carretera, el hilo de gasolina a punto de arder, todo eso nos dio pavor. Supongo, un poco de miedo, razón de sobra para hincar los frenos hasta el fondo. Hacer derrapar, con algo de saña, las ruedas del camión en la carretera. Y detenerlo, al camión. Y salir corriendo, la familia entera, despavorida, en todas las direcciones posibles.

Subir al punto más alto de la colina

Hoy es 6 de junio. Una luna llena gigantesca se podía ver anoche desde cualquier ventana al aire de Madrid. Venus se ha deslizado por delante del sol durante unas pocas horas, podía observarse como un puntito negro, al parecer, desde diferentes ciudades de la Tierra (acontecimiento astrológico que no volverá a darse de nuevo hasta 2117). Y ha muerto Ray Bradbury. Me he despertado a las seis de la mañana, totalmente despejada. Sin despertador, ni luna, ni ruidos, ni gatos. Me he levantado a escribir, que es lo único que se puede hacer a esas horas sin molestar a nadie. El aire ha estado denso toda la mañana, olía como a fosfato, a trinita, a locomotora. He tenido que dormir durante cuatro horas para curarme de todo eso que me cargaba los hombros. Y me he enterado de la noticia poco después. Hace un rato corto. He tenido el gustazo de encontrarme con este video.

Una estrella suave y azul

La encontré en las calles de Viena el primer día que me perdí caminando sola desde la tienda turca al hotel. Era de felpa, celeste, y tenía un cordón rojo (casi un pendiente) atado un agujerito en una de las puntas; como si alguien la hubiera querido colgar de un árbol de Navidad. Pero se ve que no quería ser adorno, que gritó y se revolvió hasta escaparse. Acabó en mi bolsillo izquierdo, paseó conmigo todos los días por Viena, andando y andando otra vez. A veces la cogía, la sacaba fuera, la miraba un rato. La aplastaba un poco. La estrella azul giraba sobre sí misma. Hasta que tiré demasiado, se le cayó el cordón rojo, y ay, no pude volver a ponerlo. Se quedó entonces como una estrella suave y azul, con las puntas algo deshilachadas. El domingo, ese casi perfecto cuando dejé Viena, se revolvió desde temprano en mi bolsillo. Inquieta estaba. Al subir las escaleras que me alejaban del río verde salió de su cueva, atraída sin remedio por toda esa luz que podía sentir incluso desde su escondite. Entonces casi voló por si misma. Como una estrella fugaz. Parecía una de esas estrellas fugaces de Seguir leyendo

El sueño de Alexandria

Y salieron, volando, pájaros de su boca cuando murió. La Americana Exótica es una mariposa naranja, con puntos negros. Diminuta. Muy rara de encontrar. Se la ha visto una vez en dieciocho países diferentes, entre otros: Sudáfrica, India, Reino Unido, Bali, Fiji, Italia, Rumanía, China, Brasil, Turquía, Egipto… En terrenos donde una niña con el brazo escayolado planta medias naranjas con una dentadura postiza dentro, rosada. Para ver si crece un naranjo que nos regale naranjas con dientes. Dientes que se carcajeen. La niña hace preguntas y le faltan los dientes delanteros. Hay promesas que no se cumplen porque quién las hace cruza los dedos. Y corazones de metal con una bala dentro que se arrojan desde torres altas sobre ciudades azul. Porque la ciudad azul está ahí, en alguna parte, al final del hechizo. Un desierto sin agua y un mono pequeño que se escapa de una mochila para atrapar una mariposa. Un mapa del tesoro, o de algo parecido, todo agujereado por unas tijeras que cortan rombos. Chicos suicidas por amor, vaqueros que saltan de un puente y caen en un caballo al trote. Una escalera que sube, que baja, que sube. Todos los papeles arrugados que salen Seguir leyendo

Cinco días de escritura

Me encierro en una casa de piedra y madera durante cinco días para escribir. Escribir, respirar, comer, darme de golpe contra las paredes, cocinar, fumar, darme otra vez golpes contra las paredes, tomar mate y montar un puzle que lleva veinte años sin que nadie lo monte (no sé ni qué es…). Tengo un buen trato con una amiga: nos cambiamos las casas. Ella se traslada a la mía, a respirar la contaminación de Madrid y disfrutar del cine, yo me voy a la suya, en el norte, rodeada de montañas, caminos y vacas. Es un buen cambio. Y además me cuida los gatos. Lo que más me gusta de su casa es el estudio. Aunque ha hecho limpieza de muchos libros, sigo encontrando joyas. Suelo recorrer su librería tocando los lomos, me detengo sin pensar, casi por tacto. Ayer encontré uno que me vino al pelo para uno de los párrafos en el que estaba atascadísima. Hoy he dado con otro de Annie Dillard y después de abrir aleatoriamente por cualquier página leo lo siguiente: Escribir un libro dedicándole todo el tiempo del día es una tarea que cuesta entre dos y diez años. El poema largo, según John Seguir leyendo